01 Entrega 1 de 8 La Antigüedad silenciosa

La sal que vino del mar

Bajo las aguas que hoy rodean La Redondela duerme un puerto romano con nombre perdido. Antes que él, tartesios y fenicios ya sabían que esta franja de esteros escondía la materia prima que movía el Mediterráneo: la sal.

5 min de lectura Siglos VIII a.C. – VI d.C. Xavier Pardell Peña

Esta serie reconstruye la historia de La Redondela (Huelva) combinando documentación histórica y arqueológica contrastada con recreación literaria de escenas y personajes de época. Cuando el protagonista de una escena está documentado —una compra, una fecha, un nombre—, el dato es real; cuando no lo está, la escena ilustra prácticas de la época sin pretender ser crónica exacta de un hecho concreto.

Nadie sabe cómo se llamaba el primer barco que fondeó frente a esta mota de tierra entre marismas. Pero sí sabemos, gracias a la arqueología subacuática de los últimos años, que bajo las aguas que hoy rodean Isla Cristina y La Redondela hay algo más que arena: hay un puerto. Un puerto de verdad, con columnas de setenta centímetros de diámetro y una necrópolis, hundido en la ría del Carreras a ocho metros de profundidad, activo entre el siglo I y el VI después de Cristo. Los arqueólogos que lo localizaron en 2014 lo describen como un nudo comercial "con vinculaciones desde el Oriente Mediterráneo hasta Lisboa". Alguien, probablemente un tsunami, se lo tragó.

Antes de los romanos estuvieron los fenicios, y de ellos sabemos menos, aunque lo suficiente. Toda la fachada atlántica de Huelva —de Onuba hacia el oeste, hacia la desembocadura del Guadiana— formaba parte de las rutas que buscaban plata, estaño y, sobre todo, sal. La sal no era un condimento: era la tecnología que permitía conservar el pescado durante meses, la que hacía posible el comercio a larga distancia en un mundo sin frío artificial. Y aquí, entre esteros que se inundan y se vacían dos veces al día, había sal en abundancia.

Imaginemos, entonces, sin pretender que ocurrió exactamente así, a un mercader fenicio de paso hacia el norte. Ha salido de Gadir hace semanas. Necesita reparar aparejos, cargar agua dulce y, si el trato es bueno, sal seca para el resto de la travesía. El piloto señala una entrada natural entre las marismas: un refugio, gente trabajando en las balsas. No hay conquista en esta escena, solo intercambio: cuentas de vidrio azul por sal, herramientas de bronce por pescado. Los tartesios de la zona —porque aquí, antes que nadie, estuvo Tartessos— ya sabían explotar estas marismas mucho antes de que llegara el primer barco fenicio. Lo que el comercio fenicio trajo no fue la sal, sino la red que la conectaba con el resto del Mediterráneo.

Ilustración de una escena de comercio y extracción de sal en la Antigüedad, junto a un puerto con un barco de vela
Fig. 01. Recreación de una escena de comercio salinero en la costa onubense en la Antigüedad: mercaderes junto a un barco de vela, y trabajadores recogiendo la sal en las balsas mientras otros la almacenan en ánforas — la actividad que sostuvo esta franja de esteros durante siglos.

Con Roma, la escala cambia. La Bética entera se convierte en fábrica de garum, esa salsa de vísceras de pescado fermentadas en sal que los patricios de Roma pagaban a precio de oro y que, según las fuentes de la época, se recetaba para casi todo: dolencias de estómago, fuerza para el soldado, sabor para cualquier guiso. A lo largo de toda esta costa —Baelo Claudia, más al este, es el ejemplo mejor conservado— proliferan las factorías de salazón: piletas talladas en piedra donde el atún de las almadrabas se descuartizaba, se salaba, se dejaba macerar. Las partes nobles, en ánforas hacia Gades y de ahí a Ostia. Las vísceras, en el garum. Nada se desperdiciaba.

¿Hubo una factoría exactamente en lo que hoy es La Redondela? Es lo más probable, dado lo que hoy se sabe del asentamiento romano sumergido bajo la ría vecina y de la necrópolis conservada en Punta del Moral, a un paso de aquí —pero la certeza arqueológica todavía se está excavando, literalmente, del fondo marino. Lo que sí es seguro es que este tramo de costa onubense vivió durante siglos del mismo negocio que después repetirían, con otras técnicas, los pescadores catalanes del siglo XVIII y los agricultores del fresón del siglo XX: convertir lo que da el mar y la tierra salobre en algo que otros, lejos, están dispuestos a pagar caro.

El puerto romano acabó bajo el agua. Probablemente un maremoto —quizá no muy distinto del que en 1755 volvería a reescribir esta costa— lo sepultó entre los siglos V y VI. La memoria del lugar, sin embargo, no se hundió con él: quedó el nombre, quedaron las salinas, quedó la gente.

“La sal no era un condimento: era la tecnología que permitía conservar el pescado durante meses, la que hacía posible el comercio a larga distancia en un mundo sin frío artificial.” Sobre la economía salinera, siglos I–VI d.C.
Sin cadena de frío, la sal fue durante siglos la única forma de mover proteína a través de un continente entero.

El señorío que compró una mujer sin haber pisado nunca la villa

Saltamos ahora casi mil años. Alfonso X el Sabio conquista esta franja de Huelva en 1262, arrebatándosela a la última taifa musulmana de Niebla. La Redondela pasa entonces, como el resto de la comarca, a manos cristianas. Y aquí llega uno de los episodios mejor documentados de toda esta historia, aunque casi nadie lo conoce fuera de los archivos de la Casa de Medina Sidonia.

Alonso Pérez de Guzmán —el mismo al que la leyenda convertiría después en "Guzmán el Bueno" por su gesto en el sitio de Tarifa— se casó en Sevilla, en 1282, con María Alfonso Coronel, una joven de quince años que aportaba al matrimonio una dote considerable: casas en Sevilla, olivares, molinos, viñas. Guzmán pasó buena parte de aquellos años sirviendo como mercenario a los sultanes benimeríes de Fez, al otro lado del Estrecho, amasando fortuna en campañas contra otros poderes musulmanes del norte de África. Y aquí viene la parte que casi nadie cuenta: no fue él quien construyó el patrimonio familiar desde España. Fue ella.

Pendiente de archivo
Fig. 02. Arqueología subacuática: columnas romanas semienterradas en el fondo marino, luz de buceo, partículas en suspensión y un buzo al fondo para dar escala al hallazgo del puerto sumergido localizado en 2014.

María Alfonso Coronel, con "medios ingeniosos" para burlar la vigilancia aduanera marroquí —así lo describen los archivos genealógicos que han estudiado la correspondencia de la casa—, recibía en Sevilla las remesas de dinero que su marido lograba hacer llegar desde África, y las invertía. Compró Ayamonte con su castillo. Compró Lepe. Compró La Redondela. Todo esto, entre mediados y finales de la década de 1280, mientras Guzmán seguía en el sultanato de Fez y ella administraba, sola, lo que sería la base económica de lo que un siglo después se convertiría en la Casa de Medina Sidonia.

La Redondela, entonces apenas una villa modesta con acceso al mar por la barra de la Tuta, pasaba a formar parte de un señorío feudal sin que su nuevo dueño hubiera pisado jamás sus arenas. Su nueva dueña, en cambio —porque durante años fue ella quien administró estas posesiones— probablemente tampoco. La gestión de un señorío disperso, en aquella época, se hacía desde Sevilla, a través de escribanos y alcaides. Los redondeleros de finales del siglo XIII no vieron nunca a los Guzmán. Solo vieron cambiar, en algún documento que ya nadie conserva, el nombre de quien cobraba las rentas.

“No fue él quien construyó el patrimonio familiar desde España. Fue ella.” Sobre María Alfonso Coronel, 1282–1287
Compró Ayamonte, Lepe y La Redondela mientras su marido guerreaba en Fez. La leyenda recordó el nombre de él; el archivo, el de ella.

De aquel señorío nacería, dos siglos después, un pequeño edificio que todavía hoy se puede visitar: la Sala Mudéjar del Ayuntamiento de La Redondela. Pero esa es la historia de la segunda entrega.