06 Entrega 6 de 8 El señorío y la piedra

El palomar que se negó a desaparecer

Manuel Rivero González volvió de América con un apodo, una fortuna y una idea muy precisa de lo que quería construir. Casi tres siglos después, su palomar sigue en pie sin una sola paloma: protegido por ley y abandonado en los hechos.

6 min de lectura 1697 – hoy Xavier Pardell Peña

A dos kilómetros del casco de La Redondela, en pleno campo, hay un edificio que no debería seguir en pie. No tiene ventanas. Por fuera parece un almacén alargado, sin gracia. Por dentro es otra cosa: nueve calles de casi treinta metros, con muros forrados de vasijas de barro hasta donde alcanza la vista, y un silencio que pesa más de lo normal porque durante dos siglos ese silencio no existió. Aquí vivieron, en su mejor momento, decenas de miles de palomas. Hoy no vive ninguna.

Es el palomar de la Huerta Noble, el mayor complejo de este tipo que se conserva en Europa. Y es, también, un ejemplo bastante exacto de cómo un país puede declarar protegido algo que, al mismo tiempo, deja que se caiga a pedazos.

El hombre al que llamaban "El Pintado"

Se llamaba Manuel Rivero González. Nació en Ayamonte en 1697, huérfano desde niño, sin fortuna ni apellido que lo respaldara. Como tantos otros de su generación, cruzó el Atlántico hacia América buscando lo que aquí no tenía. Volvió con dinero, con contactos comerciales en la bahía de Cádiz —que en 1717 había heredado de Sevilla el monopolio del tráfico con las Indias— y con un apodo que le acompañaría el resto de su vida: "El Pintado", por las marcas que la viruela le había dejado en la cara.

Hacia 1750 puso en marcha lo que él mismo bautizó como la Nueva Hacienda de Jesús, María y José: 163 fanegas de huerta, tierra calma, marisma y olivar —cinco mil estacas de olivo, cercadas con tapias— además de un molino de aceite con caldera para cuarenta y ocho arrobas, dos norias, dos albercas, un alambique de aguardiente y una capilla para la que el arzobispado de Sevilla concedió permiso de culto en 1756. No era un capricho de indiano rico. Era un modelo productivo completo, pensado para que cada pieza sostuviera a las demás.

Ilustración de la fachada del gran palomar de la Huerta Noble, con torres, patio de acceso y miles de nidos
Fig. 01. Recreación del palomar de la Huerta Noble en su época de esplendor: la gran fachada con sus miles de nidos, torres y patio de acceso, con palomas sobrevolando el recinto.

Y en el centro de ese modelo, el palomar.

Un edificio calculado hasta el último centímetro

Las cifras que da la documentación patrimonial actual: 28,50 metros de largo por 14,40 de ancho, 5,50 de altura. Planta rectangular, sin ventanas, dividida en nueve calles longitudinales orientadas de norte a sur y cruzadas, en el centro y en los extremos, por tres calles transversales. Las calles miden 85 centímetros de ancho, salvo la central, que llega a los 92 y por la que discurre el bebedero: un canal de 86 centímetros de alto y 50 de ancho que recorre toda la nave, pensado para que ninguna paloma tuviera que pelear por el agua. En las paredes, empotradas, miles de vasijas de barro cocido —encargadas en Jerez, una por una— que hacían de nido. Según la fuente que se consulte, la capacidad del columbario se sitúa entre 32.000 y 70.000 nidos; el propio Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico documenta que, a principios del siglo XX, la colonia real que allí vivía rondaba las 20.000 palomas. La discrepancia entre capacidad teórica y población efectiva no es un error de nadie: es, simplemente, la diferencia entre lo que un edificio puede albergar y lo que efectivamente llegó a albergar en su mejor momento.

¿Por qué tanto cálculo para unas aves? Porque el negocio era serio. Las palomas se vendían para consumo en Sevilla, Huelva y Ayamonte, y también para el tiro al pichón, una modalidad de caza deportiva con mercado propio en la época. Sus excrementos, además, fertilizaban la huerta: la palomina era, antes de los abonos industriales, uno de los fertilizantes más apreciados que existían. Un palomar de este tamaño no era una rareza estética. Era, sencillamente, una fábrica.

“Protegida por ley, abandonada en los hechos.” Sobre el estatus actual de la Huerta Noble
BIC desde 2003. Ese estatus no ha traído ni un euro de presupuesto para restaurarla.

Catorce azulejos que llegaron de Rotterdam

Rivero no se conformó con la parte productiva. En 1756 encargó al taller de Jan Aalmis, en Rotterdam —conocido entre los especialistas como "De Bloempot"—, un vía crucis de catorce estaciones en azulejo, que se colocó a lo largo de la cerca de la finca: la primera estación sobre la capilla, la segunda sobre un muro del palomar, el resto repartido por la valla de la huerta. Hoy se considera el conjunto de cerámica holandesa más completo que se conserva en España. Y hoy, también, apenas queda uno restaurado. Otro se ha perdido sin que nadie sepa dónde. El resto duerme en los sótanos del Museo Provincial de Huelva, lejos del muro para el que fueron pintados.

La decadencia tiene fecha exacta

A diferencia de tantos episodios de esta historia, en los que hay que reconstruir a partir de indicios, la decadencia del palomar de la Huerta Noble está documentada con una precisión casi administrativa. La finca permaneció en manos de la familia Rivero-Solesio hasta comienzos del siglo XX. En 1952 cambió de propietarios, y ese cambio, según el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, marcó el principio del fin: el nuevo modelo de explotación dejó de necesitar el columbario. Sin vigilancia, la caza furtiva hizo el resto. La colonia, que rondaba las 20.000 aves a comienzos de siglo, fue reduciéndose año tras año hasta extinguirse por completo en 1977.

El edificio, entre tanto, siguió en pie casi por accidente: es difícil reconvertir un palomar de estas dimensiones a cualquier otro uso, y esa misma dificultad —paradójicamente— es lo que ha evitado que alguien lo derribara.

Protegido sobre el papel

El 18 de diciembre de 2003, la Junta de Andalucía declaró el conjunto de la Huerta Noble Bien de Interés Cultural, bajo la figura de Lugar de Interés Etnológico; la inscripción formal en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz se formalizó poco después, en los primeros meses de 2004. La protección alcanza al conjunto completo: palomar, capilla, cortijo, cerca perimetral y entorno inmediato.

Pendiente de archivo
Fig. 02. Detalle de uno de los catorce azulejos holandeses del vía crucis (taller De Bloempot, Rotterdam, 1756), con el deterioro y la pátina visibles, o su reproducción a partir de archivo fotográfico.

Sobre el papel, eso debería bastar. En la práctica, no ha bastado. Hispania Nostra incluyó la Huerta Noble en su Lista Roja del Patrimonio en Peligro, y la descripción que ofrece no deja lugar a la ambigüedad: la capilla está destechada, el cortijo presenta hundimientos por un incendio que nadie ha reparado, la cerca ha sufrido desplomes sucesivos. Solo el palomar —el elemento con más difícil reconversión, otra vez la misma paradoja— se conserva en un estado que los técnicos califican de aceptable. La finca sigue en manos privadas, cerrada salvo visitas puntuales, sin ningún plan de restauración en marcha.

Un grupo de vecinos de La Redondela ha intentado, por su cuenta, hacer algo al respecto: una plataforma que propone el apadrinamiento simbólico de los nidos, a tres euros cada uno, como manera de reunir fondos y de dar a los niños del pueblo una razón concreta para cuidar, dentro de veinte años, un edificio que ya nadie más parece dispuesto a cuidar hoy.

“Es difícil reconvertir un palomar de estas dimensiones a cualquier otro uso, y esa misma dificultad —paradójicamente— es lo que ha evitado que alguien lo derribara.” Sobre la supervivencia accidental del edificio
Sigue en pie por la misma razón que nadie invierte en salvarlo: no sirve para casi nada más.

Lo que queda cuando ya no hay palomas

No hay en Europa otro columbario de estas dimensiones. Eso, por sí solo, debería ser argumento suficiente para invertir en su conservación. Pero el argumento lleva más de veinte años sobre la mesa sin que la inversión llegue. La declaración de BIC otorga un estatus legal; no otorga, por sí sola, ni un euro de presupuesto ni una brigada de mantenimiento. Ese es, exactamente, el vacío en el que se ha ido cayendo la Huerta Noble desde 1952: protegida por ley, abandonada en los hechos.

El palomar no habla. Pero sigue ahí, entero en lo esencial, sin palomas, sin misa diaria, sin el trajín de una explotación que durante más de dos siglos dio de comer a varias generaciones de la comarca. Cada vasija de barro empotrada en la pared responde a una decisión tomada hace casi tres siglos por un hombre que llegó de América con una idea muy concreta de lo que quería construir. Lo difícil, ahora, no es explicar por qué merece salvarse. Lo difícil es que alguien, con presupuesto y con tiempo, se decida por fin a hacerlo.