El señorío y la memoria de piedra
Isabel la Católica firma un trámite administrativo y de él nace una sala con vigas mudéjares que sigue en pie 550 años después. A dos kilómetros, un indiano levanta para sus palomas el mayor columbario de Europa: no por capricho, sino como un negocio calculado al último nido.
En 1475, Isabel la Católica —todavía no reina de una España unificada, apenas reina de Castilla, con la guerra de sucesión aún abierta— concede a La Redondela el paso al Condado de Ayamonte. Es un movimiento administrativo entre muchos, uno de los cientos de títulos y confirmaciones que la corona repartía en aquellos años para asegurar lealtades. Pero de ese trámite quedó algo que sobrevivió a todo lo que vino después: la Sala Mudéjar del Ayuntamiento de La Redondela, construida precisamente en esta época y que todavía hoy, quinientos cincuenta años más tarde, sigue en pie.
No es un palacio. Nunca lo fue. Es una sala modesta, de vigas de madera oscura decoradas con lacerías geométricas al estilo mudéjar —esa tradición constructiva de artesanos musulmanes que siguieron trabajando, y trabajando bien, bajo señores cristianos durante generaciones después de la conquista—. Hoy se usa sobre todo para exposiciones de fotografía y pintura; en julio y agosto acoge muestras itinerantes, y el Ayuntamiento organiza visitas guiadas que arrancan en el Pozo del Concejo. Es, junto con la parroquia de Nuestra Señora de los Doce Apóstoles —cuya construcción se prolongó, con ampliaciones sucesivas, del siglo XV al XVIII—, el testimonio arquitectónico más antiguo que conserva el pueblo.
Conviene detenerse un momento en lo que significa esa sala para quien la manda construir. En 1521, el Condado de Ayamonte se convierte en Marqués, título creado por Carlos I, y La Redondela queda encuadrada en ese marquesado junto a Lepe, San Silvestre de Guzmán y Villablanca. Un pueblo de agricultores y salineros, de apenas unos cientos de vecinos, no necesita una sala con lacerías mudéjares para funcionar: la necesita para representar algo. Para que quien llegue de fuera —un enviado real, un visitador eclesiástico— entienda que aquí hubo cultura antes de las espadas, que este no es solo un rincón perdido entre esteros. La arquitectura, muchas veces, no sirve para vivir: sirve para durar en la memoria de los demás.
Y duró. Durante los siglos siguientes, mientras la población de La Redondela se reducía —los registros del padre Mirabent, cronista local, hablan de un descenso hasta los 450 habitantes a lo largo del siglo XVIII, con un estancamiento que se prolonga hasta bien entrado el XIX—, la Sala Mudéjar siguió siendo el corazón administrativo de un pueblo cada vez más pequeño y cada vez más pobre. La economía, entonces como antes, giraba en torno a lo agropecuario. Trigo, algo de ganado, alguna huerta. Nada que sostuviera un crecimiento.
Treinta y cinco mil nidos para un solo hombre
A dos kilómetros de esa Sala Mudéjar, en pleno campo, se levanta desde mediados del siglo XVIII una de las construcciones más singulares de toda Andalucía, y probablemente la menos conocida fuera de la provincia: el palomar de la Huerta Noble.
Lo mandó construir, hacia 1750, un comerciante nacido en Ayamonte llamado Manuel Rivero González —al que sus contemporáneos apodaban "El Pintado", por las marcas que le había dejado la viruela en la cara— después de hacer fortuna en América. Rivero bautizó su propiedad como Nueva Hacienda de Jesús, María y José, y levantó allí un complejo agrario-industrial completo: casa principal, capilla con permiso del arzobispado de Sevilla para celebrar misa desde 1756, dos norias, dos albercas, un molino de aceite con caldera de cobre para cuarenta y ocho arrobas, un alambique de aguardiente. Y, adosado a la casa, el elemento que lo hizo célebre: un columbario de 28,50 por 14,40 metros, dividido en nueve calles interiores —la central, de 92 centímetros de ancho, lleva un bebedero que recorre toda la nave—, cuyos nidos de barro cocido lo convierten, según la documentación patrimonial actual, en el mayor palomar de Europa. La capacidad exacta varía según la fuente, entre 32.000 y 70.000 nidos; lo que sí documenta el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico es que, a comienzos del siglo XX, la colonia real que allí vivía rondaba las 20.000 palomas.
“La arquitectura, muchas veces, no sirve para vivir: sirve para durar en la memoria de los demás.” Sobre la Sala Mudéjar, 1475
El negocio no tenía nada de excéntrico ni de capricho de rico indiano, aunque lo pareciera. Un palomar de esas dimensiones producía una cantidad ingente de palomina, el abono orgánico más apreciado de la época para las huertas. Rivero no solo fertilizaba sus propias tierras: vendía el excedente a los labradores de los alrededores. El palomar, en otras palabras, se pagaba solo, y en pocos años.
Pero Rivero no se conformó con la utilidad. En la primavera de 1756 encargó, y colocó a lo largo de la cerca perimetral de la finca, un vía crucis de catorce estaciones en azulejos, obra del taller de Jan Aalmis en Rotterdam —conocido como "De Bloempot"—, considerado hoy el conjunto de cerámica holandesa más completo que se conserva en toda España. La primera estación se colocó sobre la capilla; la segunda, sobre un muro del palomar; el resto, sobre la valla de la huerta. Llegaron por barco desde los Países Bajos hasta un cortijo de campo en el sur de Huelva. Es difícil imaginar un contraste mayor entre origen y destino.
Cuando Rivero murió, la finca quedó en manos de sus descendientes, la familia Rivero-Solesio, que la mantuvo en explotación hasta comienzos del siglo XX. El final tiene fecha casi administrativa: en 1952 la propiedad cambió de manos, el nuevo modelo agrícola dejó de necesitar el columbario, la caza furtiva hizo el resto, y la colonia —que a principios de siglo rondaba las 20.000 aves— se extinguió por completo en 1977. Hoy, de los catorce azulejos originales, solo uno ha sido restaurado; otro se ha perdido sin rastro; el resto permanece en los sótanos del Museo Provincial de Huelva a la espera de fondos. La Huerta Noble fue declarada Bien de Interés Cultural, como Lugar de Interés Etnológico, el 18 de diciembre de 2003, con inscripción formal en el catálogo autonómico a comienzos de 2004. El reconocimiento legal no ha traído consigo ninguna partida presupuestaria seria para su restauración: la capilla está destechada, el cortijo presenta hundimientos causados por un incendio, y solo el palomar —el elemento mejor conservado del conjunto, quizá porque su forma no admite reconversión a ningún otro uso— se mantiene en un estado que los técnicos califican, con generosidad, de "aceptable". (La historia completa de este edificio, la del hombre que lo construyó y la de su lento abandono, se cuenta con más detalle en el reportaje "El palomar que se negó a desaparecer", que acompaña a esta serie.)
Es una paradoja que se repite en esta historia más de una vez: La Redondela y su entorno acumulan un patrimonio —romano, mudéjar, dieciochesco— que sobrevive más por terquedad que por cuidado institucional. La Sala Mudéjar aguantó cinco siglos de vaivenes políticos. El palomar de la Huerta Noble aguanta, hoy mismo, sin apenas ayuda, siendo el mayor de Europa y estando, al mismo tiempo, en serio peligro de derrumbe.
“El negocio no tenía nada de excéntrico ni de capricho de rico indiano, aunque lo pareciera. […] El palomar, en otras palabras, se pagaba solo, y en pocos años.” Sobre el negocio de la palomina en la Huerta NobleEntre 32.000 y 70.000 nidos, según la fuente: una fábrica de abono orgánico con alas, no un capricho estético.
Mientras tanto, a pocos kilómetros de allí, en 1715, un grupo de pescadores catalanes y valencianos empezaba a fondear cada verano frente a una pequeña isla entre esteros. No sabían que estaban a cuarenta años de un terremoto que cambiaría, para siempre, el mapa de esta costa.