Los hombres del mar
Cada verano llegaban pescadores catalanes a levantar chozas de junco frente a una isla entre esteros. El 1 de noviembre de 1755, el mar que les daba de comer estuvo a punto de borrarlos del mapa para siempre.
Desde 1715, cada verano, llegaban barcos desde Cataluña y Valencia. No venían a quedarse: venían a pescar sardina y atún durante la temporada alta, levantaban chozas de junco en una pequeña isla entre esteros —frente a lo que hoy es La Redondela, al otro lado del estero—, faenaban durante meses y regresaban a casa con las bodegas llenas de pescado salado. Las primeras travesías documentadas de mercaderes catalanes hacia esta costa, tras la Guerra de Sucesión, se remontan a 1724, bajo Felipe V. Era pesca de temporada, un negocio bueno pero provisional.
Entre esos pescadores había uno llamado Josep Faneca, guarda de un pequeño manantial de agua dulce junto a una higuera. La gente empezó a llamar al lugar La Higuerita —o La Figuereta, o La Figarilla, según la lengua de quien lo nombrara—. El nombre, con el tiempo, sobreviviría a todo lo demás: hoy sigue en el escudo del municipio que allí nació.
La Redondela observaba aquello con cautela, como se observa a un vecino nuevo que no se sabe si va a quedarse. Aquella gente hablaba una lengua extraña, trabajaba de sol a sol con una intensidad que los lugareños, dedicados sobre todo a la sal y a la tierra, no habían visto antes. Y, en efecto, no eran chozas de temporada: eran, cada año, un poco más permanentes.
El 1 de noviembre de 1755
A las 09:40 de la mañana, mientras media Península celebraba la festividad de Todos los Santos en las iglesias, un terremoto de magnitud estimada entre 8,5 y 9 sacudió el Atlántico frente a Lisboa. Duró casi seis minutos, un tiempo extraordinariamente largo para un seísmo de esa intensidad. Lisboa quedó arrasada: de sus 275.000 habitantes, unos 90.000 murieron entre el derrumbe, el tsunami posterior y los incendios que asolaron la ciudad durante cinco días.
En Huelva, el seísmo se sintió con fuerza en toda la provincia —hay crónicas de daños hasta en Aracena y Valverde del Camino, tierra adentro—, pero fue el maremoto posterior, cuarenta minutos después, el que causó la verdadera catástrofe en la costa. Tres olas, que en algunos tramos superaron los seis metros, golpearon Ayamonte, Lepe, Isla Cristina —entonces todavía La Higuerita— y Cartaya. En el condado de Ayamonte, al que entonces pertenecía La Redondela, murieron cerca de mil personas. En Lepe, unas cuatrocientas más, junto con el 81% de su flota pesquera. La mayoría de las víctimas, según los estudios que se han hecho sobre este episodio en los últimos años, eran precisamente los pescadores de temporada llegados de Cataluña y Valencia: se encontraban en campamentos provisionales en la playa o faenando en sus barcos cuando llegó el agua, y no tuvieron ninguna posibilidad de ponerse a salvo.
“A las 09:40 de la mañana, mientras media Península celebraba la festividad de Todos los Santos en las iglesias, un terremoto de magnitud estimada entre 8,5 y 9 sacudió el Atlántico frente a Lisboa.” 1 de noviembre de 1755
Las chozas de junco de La Higuerita desaparecieron como si nunca hubieran existido. Y, sin embargo, de esa destrucción nació —esto es lo que tiene de extraño la historia de esta costa— la decisión definitiva de quedarse. Los supervivientes catalanes y valencianos, en vez de volver a casa, decidieron reconstruir. Esta vez, con permisos oficiales, con casas de piedra, con un asentamiento pensado para durar. El pozo de Faneca, junto a la higuera, siguió dando agua dulce. Apellidos que hoy siguen siendo comunes en Isla Cristina —Mirabent, Romeu, Pujol, Travé, Roselló, Martí— llegaron entonces y se quedaron. También llegaron palabras: "cheta" para el grifo, "lota" para la lonja de pescado, restos de un catalán que se fue disolviendo en el habla local sin llegar a desaparecer nunca del todo.
De La Higuerita a Isla Cristina
El crecimiento del nuevo núcleo fue, para los parámetros de la época, notablemente rápido. La presión fiscal del señorío de Ayamonte y de la propia villa de La Redondela —que seguían intentando cobrar impuestos sobre un asentamiento que ya no dependía realmente de ellos— empujó a los pobladores de La Higuerita a buscar la independencia administrativa. La consiguieron en 1802, con el nombre de Real Isla de la Higuerita. En 1833 alcanzó la jurisdicción como municipio ordinario y, un año después, ocurrió el episodio que le dio el nombre que conserva hoy.
Entre 1833 y 1834, una epidemia de cólera que había arrancado en la desembocadura del Guadiana se extendió con violencia por Andalucía y Extremadura. La regente María Cristina de Borbón intervino —la naturaleza exacta de esa "ayuda humanitaria" varía según la fuente que se consulte, pero la gratitud popular fue real— y, el 12 de abril de 1834, por petición de los propios vecinos, la Real Isla de la Higuerita pasó a llamarse Isla Cristina. El gentilicio antiguo, sin embargo, nunca murió del todo: hoy sigue siendo perfectamente habitual llamar "higuereteros" a quienes nacen allí.
La industria pesquera de la sardina, mientras tanto, prosperaba a un ritmo que hoy sorprende: la población casi se duplicó en apenas quince años, de 1.819 habitantes en 1842 a 3.126 en 1857. Isla Cristina crecía sobre el mar, sobre la sardina, sobre el trabajo incesante de gente que treinta años antes no tenía ni siquiera un nombre oficial para el lugar donde vivía.
“Las chozas de junco de La Higuerita desaparecieron como si nunca hubieran existido. Y, sin embargo, de esa destrucción nació —esto es lo que tiene de extraño la historia de esta costa— la decisión definitiva de quedarse.” Sobre la reconstrucción tras el maremotoDe la catástrofe no nació la huida de los supervivientes, sino la fundación definitiva del pueblo.
La Redondela, mientras tanto, seguía perdiendo población. Y aquí empieza el capítulo más amargo de esta historia: el de un pueblo que, después de haber sobrevivido a fenicios, romanos, señores feudales y un terremoto que arrasó media costa, acabaría perdiendo su ayuntamiento no por ninguna catástrofe natural, sino por una deuda.