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El pueblo que perdió su nombre

En 1887, ahogado en deudas, el ayuntamiento de La Redondela aceptó desaparecer a cambio de que Isla Cristina pagara lo que debía. Ciento treinta y ocho años después, el pueblo sigue reclamando la independencia que entonces le prometieron.

5 min de lectura 1877 – 2025 Xavier Pardell Peña

En 1877, el último censo levantado como municipio propio registró en La Redondela 866 habitantes. Diez años antes había rondado el medio millar. La tendencia llevaba un siglo instalada: mientras Isla Cristina crecía sobre la industria de la sardina y las almadrabas, La Redondela se vaciaba. La gente se iba donde había trabajo, y el trabajo, para entonces, ya no estaba en las salinas.

El ayuntamiento redondelero, con una base fiscal cada vez más pequeña, acumuló deudas que ya no podía sostener. No fue una crisis repentina: fue el resultado de décadas de un declive lento, silencioso, del tipo que no aparece en ninguna crónica hasta que ya no hay marcha atrás. En 1874, el propio ayuntamiento de La Redondela había pedido ya a la Diputación Provincial su anexión a Isla Cristina como salida a la debacle económica; la petición fue denegada, y el pueblo siguió arrastrando sus deudas trece años más. En 1887, agotadas ya las alternativas, el gobierno municipal de La Redondela aceptó la anexión a Isla Cristina. La Diputación Provincial de Huelva actuó como intermediaria; Isla Cristina absorbió las deudas del ayuntamiento vecino a cambio de incorporar su término. Según cuenta hoy el alcalde de la actual Entidad Local Autónoma, Salvador Gómez, la anexión se aceptó "con la condición de que cuando volviera a solicitar la independencia se le concediera" —una cláusula que, en teoría, debía quedar recogida en el acuerdo firmado entre ambos ayuntamientos y la Diputación.

El problema es que nadie puede consultar hoy ese documento. En 1990, un incendio arrasó el archivo histórico de Isla Cristina y destruyó el 80% de los legajos que allí se conservaban, la mayoría de ellos pertenecientes precisamente al antiguo municipio de La Redondela. Ni en Isla Cristina ni en la Diputación queda copia del acuerdo original de 1887. Hay quien, en el propio pueblo, sospecha algo más deliberado que un incendio: la desaparición de páginas concretas, cortadas con cuchilla, en algún momento anterior al siniestro. Es imposible probarlo. Es imposible, también, descartarlo del todo. Lo único seguro es que la cláusula que hubiera permitido a La Redondela recuperar su independencia sin trabas legales se perdió con el resto del papel.

Ilustración de un libro de deudas municipal abierto sobre un escritorio del siglo XIX, con un funcionario al fondo
Fig. 01. Recreación de una oficina municipal del siglo XIX: un funcionario junto al «Libro de Deudas» del Ayuntamiento, abierto sobre la mesa — la contabilidad que llevó a la anexión de 1887.

Durante casi un siglo, La Redondela vivió bajo alcaldes pedáneos, sin autogobierno real. La recuperación llegaría, muy despacio, a partir del siglo XX, empujada por algo que nadie en 1887 hubiera podido prever: una fruta que en aquella época ni siquiera se cultivaba en Huelva.

Entidad Local Autónoma, cien años después

En 1982, La Redondela consiguió el reconocimiento como entidad local autónoma —el primer paso administrativo hacia una autonomía real dentro del municipio de Isla Cristina—. Desde 1994, gestiona presupuesto propio. Desde 1984, mantiene un contencioso abierto con Isla Cristina cuyo objetivo final es la segregación municipal completa: convertirse, de nuevo, en un ayuntamiento independiente, como lo fue hasta 1887.

El proceso ha sido de una lentitud exasperante incluso para los estándares de la administración española. En 2006, un decreto autonómico intentó fijar los límites territoriales de la futura entidad; el recurso judicial contra ese decreto tardó cinco años en resolverse, y el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía acabó dando la razón, en 2011, a quienes pedían una revisión. En 2014, un nuevo decreto —el 48/2014, de 18 de febrero— volvió a determinar el ámbito territorial de la Entidad Local Autónoma de La Redondela, esta vez en ejecución de aquella sentencia. El primer punto de ese decreto no deja lugar a dudas: "La Redondela fue municipio independiente hasta 1887, contando con un territorio determinado geográficamente." Es, en cierto modo, la confirmación oficial, más de un siglo después, de que aquella anexión no borró nada del todo.

“la anexión se aceptó con la condición de que cuando volviera a solicitar la independencia se le concediera” Salvador Gómez, alcalde de la Entidad Local Autónoma
La cláusula que lo demostraría ardió junto al 80% del archivo histórico en el incendio de 1990.

Hoy, La Redondela ronda los mil setecientos habitantes contando la población diseminada. Elige a su propio alcalde en las mismas elecciones municipales en que Isla Cristina elige a sus concejales. Gestiona sus fuentes, sus caminos rurales, la limpieza de sus calles, la conservación de su patrimonio forestal. Pero sigue sin ser, jurídicamente, un municipio. Sigue dependiendo, para todo lo demás, de un ayuntamiento matriz con el que la relación —como ocurre casi siempre entre un pueblo y la localidad de la que depende contra su voluntad— oscila entre la colaboración y la tensión abierta.

En julio de 2025, el propio Salvador Gómez volvía a reclamar públicamente una corrección administrativa a la Junta de Andalucía en nombre de los redondeleros. La reivindicación, ciento treinta y ocho años después de la anexión, sigue viva. No es nostalgia: es una cuestión de competencias, de presupuesto, de quién decide sobre qué. Pero tiene, también, un componente que ningún informe jurídico recoge del todo: la sensación, compartida por generaciones enteras de redondeleros, de que su pueblo fue más antiguo que el que hoy administra su destino, y de que esa antigüedad merece algo más que una entidad local autónoma.

Pendiente de archivo
Fig. 02. La actual Casa Consistorial de la Entidad Local Autónoma de La Redondela, luz de mediodía, o un mojón/cartel de término municipal en el límite con Isla Cristina.

La tierra que tampoco se estuvo quieta

Hay un episodio menos conocido que conviene sumar aquí, porque conecta con algo que ya apareció en la tercera entrega: esta costa no ha dejado de temblar. El 28 de febrero de 1969, un terremoto con epicentro en el cabo de San Vicente —a apenas un centenar de kilómetros— obligó a desalojar sesenta viviendas en Isla Cristina y causó daños serios en el edificio del ayuntamiento, entonces situado en lo que hoy es la plaza de las Flores. El seísmo, de una magnitud muy inferior a la del de 1755, no provocó víctimas directas, pero sí cuatro fallecimientos por causas indirectas —infartos, sobre todo— y dejó inhabitables varias decenas de casas entre Isla Cristina y la capital onubense.

El ayuntamiento dañado nunca se reparó: se decidió construir uno nuevo en una ubicación más céntrica, inaugurado en 1975, y el solar del antiguo edificio neoclásico se convirtió en una calle, la actual Armada Española. El municipio, según reconoce la propia documentación oficial, se asienta sobre una zona de actividad sísmica moderada entre la placa africana y la euroasiática, y sigue clasificado en zona de riesgo a efectos de planificación de emergencias. Es un recordatorio incómodo de que la marea que ha marcado esta costa desde los fenicios no es solo metáfora: aquí, literalmente, el suelo se ha movido más de una vez, y cada vez que lo ha hecho, algo del paisaje construido ha tenido que empezar de nuevo.

“En un pueblo que perdió su papel, la memoria ha tenido que hacer el trabajo del archivo.” Sobre la reconstrucción documental tras 1990

La ironía final de este episodio es que la fuente principal para reconstruir su propia historia —el archivo que debía conservar los documentos de La Redondela— es precisamente la que se quemó. Lo que hoy se sabe de aquellos siglos se ha reconstruido a fuerza de cruzar registros parroquiales, protocolos notariales dispersos en otros archivos, estudios universitarios y la memoria oral que cada generación ha ido pasando a la siguiente. En un pueblo que perdió su papel, la memoria ha tenido que hacer el trabajo del archivo.