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El fresón y las mareas que vuelven

Donde durante tres mil años hubo sal y trigo, hoy brillan filas de plástico blanco: Huelva concentra el 94% de la fresa española. Pero lo que de verdad no ha cambiado es lo que ocurre cada Domingo de Resurrección, y lo que ocurre cuando la Virgen entra en el mar.

5 min de lectura 1960 – 2025 Xavier Pardell Peña

A mediados del siglo XX, La Redondela seguía viviendo de lo mismo de siempre: cereal, algo de ganado, huertas familiares que apenas daban para el consumo propio. Nada en aquel paisaje anunciaba lo que estaba a punto de ocurrir a apenas unos kilómetros, en Moguer, donde en los años sesenta un agricultor llamado Antonio Medina empezó a experimentar con unas plantaciones de fresa traídas de California. Nadie podía saberlo entonces, pero aquellas primeras hileras experimentales cambiarían para siempre la economía de toda la provincia.

El despegue no fue inmediato. El periodo que los estudios agronómicos sitúan entre 1975 y 1982 es el de las primeras cooperativas freseras, cuando la modernización varietal y el uso masivo del plástico —los invernaderos que hoy cubren buena parte del litoral onubense— empezaron a convertir la fresa en un cultivo intensivo. En 1983, varios pioneros de la producción y comercialización constituyeron Freshuelva, la asociación que hoy sigue aglutinando a la práctica totalidad del sector y que representa en torno al 95% de la producción provincial. La Redondela, como buena parte de los pueblos de la comarca, se sumó a ese impulso reconvirtiendo cereal en invernadero.

El resultado, décadas después, es difícil de exagerar. Huelva concentra hoy en torno al 94% de toda la producción española de fresa. Las cooperativas agrarias de la zona exportan directamente a Italia, Alemania, Francia; el fresón de estos campos llega a mercados de media Europa en menos de veinticuatro horas desde la recolección. Donde durante siglos hubo trigo y girasol, hoy brillan bajo el sol filas de plástico blanco. Es, con todas sus contradicciones —la dependencia de mano de obra temporal, la presión sobre el acuífero, los ciclos de precios que castigan a los pequeños productores tanto como benefician a los grandes—, la primera vez en tres mil años que esta franja de costa vuelve a formar parte de una red comercial europea con la misma naturalidad con la que antes lo hizo gracias a la sal y al garum.

Ilustración de un agricultor recolectando fresas en primer plano y una procesión entrando en el mar al fondo
Fig. 01. Un agricultor recolecta fresón bajo plástico junto a la costa mientras, al fondo, la Romería de la Esperanza entra en el agua: dos imágenes que hoy conviven en esta misma franja de litoral.

Lo que no se ha ido nunca

Hay, sin embargo, dos citas del calendario redondelero que no tienen nada que ver con la economía y que explican, mejor que cualquier cifra de exportación, por qué este pueblo sigue reclamando su identidad después de ciento treinta y ocho años de anexión.

“Es, según se suele describir en la provincia, la única procesión de toda España que se adentra en las olas.” Sobre la Romería de la Esperanza
La Virgen entra en el agua para bendecir a los que no volvieron del mar.

La primera es la Romería de la Esperanza, que se celebra el último fin de semana de junio y que en 2025 cumplió sesenta ediciones, coincidiendo además con el Año Jubilar de la Esperanza. La imagen de la Virgen viaja desde la parroquia hasta una ermita junto al pinar de la playa en una carreta tirada por bueyes, recorrido de unos cuatro kilómetros. Pero lo que hace única a esta romería, dentro de todo el panorama religioso andaluz, ocurre al día siguiente: los costaleros sacan a la Virgen, vestida de pastora, y caminan con ella hasta la orilla del Atlántico. Allí, mientras la banda toca la Salve Marinera, la imagen entra en el agua. Es, según se suele describir en la provincia, la única procesión de toda España que se adentra en las olas. El gesto tiene una explicación que cualquier redondelero mayor sabe recitar de memoria: La Redondela y su entorno fueron, durante siglos, tierra de pescadores, y cada familia, en algún momento de esos tres mil años, perdió a alguien en el mar. La Virgen entra en el agua para bendecir a los que no volvieron.

La segunda cita es todavía más antigua: la Fiesta del Huerto, que se celebra cada Domingo de Resurrección y que hunde sus raíces en el siglo XVI, antes incluso de que existiera Isla Cristina. Durante los días previos, jóvenes del pueblo preparan el "Lejío", un recorrido decorado con ramas de olivo, palmeras y flores que cubre el trayecto desde la iglesia hasta la plaza. El día central, dos pasos procesionales —el del Niño de la Bola, un Niño Jesús resucitado con un orbe dorado en la mano, y el de la Virgen de la Esperanza— salen desde extremos opuestos del pueblo y avanzan despacio, entre pétalos lanzados por los vecinos, hasta encontrarse en la plaza al mediodía. Los costaleros hacen que las imágenes se inclinen la una hacia la otra, simulando el abrazo entre madre e hijo. Es, con quinientos años de continuidad casi ininterrumpida, la tradición más antigua que conserva el pueblo, y quizá la que mejor resume su carácter: una fiesta que ha sobrevivido a la despoblación del siglo XIX, a la anexión de 1887, al incendio del archivo de 1990, y que sigue exactamente donde siempre estuvo, cada Domingo de Resurrección, sin necesidad de que nadie le reconozca autonomía administrativa para seguir existiendo.

Pendiente de archivo
Fig. 02. La procesión de la Romería de la Esperanza entrando en el agua del Atlántico: costaleros con el agua por las rodillas, la imagen mariana vestida de pastora, banda de música al fondo.

Lo que queda

La Redondela de hoy es, sobre el papel, una entidad local autónoma dependiente de Isla Cristina. Pero basta recorrer sus calles para entender que esa definición jurídica se queda corta. Aquí hubo un puerto romano que hoy duerme bajo el agua. Hay una Sala Mudéjar del siglo XV que ha sobrevivido a terremotos, anexiones e incendios de archivo. Hay, a las afueras, el mayor palomar de Europa, en un estado de conservación que debería avergonzar a cualquier administración y que, sin embargo, sigue en pie. Hay una playa que conserva el nombre del pueblo, a un kilómetro de distancia. Y hay, sobre todo, una memoria colectiva que ni el fuego ni la burocracia han conseguido borrar del todo.

Cada año, cuando alguien pregunta en La Redondela si algún día volverán a ser municipio independiente, la respuesta que se escucha en el pueblo suele ser alguna variante de la misma idea: ya lo fueron una vez, y no ven ninguna razón de peso para no volver a serlo. La historia de este rincón de Huelva no se parece a una línea recta que avanza del pasado al presente. Se parece más a la marea que la ha definido desde los fenicios: sube, retrocede, vuelve a subir. Y cada vez que retrocede, deja algo distinto en la arena.

“Se parece más a la marea que la ha definido desde los fenicios: sube, retrocede, vuelve a subir. Y cada vez que retrocede, deja algo distinto en la arena.” Cierre de la serie