La edad del oro azul
Un ministro portugués incendia una aldea de pescadores para levantar su ciudad ideal; los desplazados huyen y hacen crecer, sin querer, el pueblo de al lado. Un siglo después, esa misma costa vive cuarenta años de fábricas de conservas, fortuna modernista y sardina en lata rumbo a media Europa.
Esta entrega amplía la serie con dos episodios documentados que no estaban en las primeras cinco: la segunda oleada de pobladores que hizo crecer La Higuerita en el siglo XVIII, y la etapa industrial que convirtió Isla Cristina, ya en el XIX y el XX, en una de las ciudades pesqueras más prósperas de España.
En la tercera entrega de esta serie contamos cómo el terremoto de 1755 empujó a los pescadores catalanes y valencianos a instalarse para siempre en La Higuerita, en vez de volver cada verano a casa. Lo que no contamos —porque entonces no lo teníamos documentado— es que, veinte años después, una segunda oleada de pobladores llegó al mismo lugar. Y esta vez no huían del mar. Huían de un ministro.
La villa que se levantó incendiando otra
Sebastião José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal, gobernó Portugal entre 1750 y 1777 con la misma mano firme con la que había ordenado reconstruir Lisboa tras el terremoto: trazado en rejilla, edificios uniformes, todo sometido a un plan. En 1774 decidió aplicar esa misma lógica al otro extremo del reino, en la desembocadura del Guadiana, frente a Ayamonte. Quería centralizar allí toda la actividad pesquera del Algarve oriental, que hasta entonces se repartía en pequeños núcleos dispersos. El lugar elegido se llamaba Santo António de Arenilha, una aldea de pescadores construida junto a la playa de Monte Gordo.
El problema es que en Arenilha ya vivía gente, y esa gente no quería mudarse. Pombal no lo consultó dos veces: mandó incendiar sus chozas para forzar el traslado. Sus arquitectos, los mismos que habían levantado la Baixa pombalina sobre las ruinas del terremoto, construyeron en apenas cinco meses una ciudad nueva con calles perfectamente rectas y una plaza central presidida por un obelisco: Vila Real de Santo António, inaugurada en 1776.
Sobre el papel, fue un éxito de ingeniería ilustrada. En la práctica, muchos de los pescadores desplazados no se instalaron en la ciudad nueva que el gobierno les había impuesto. Cargaron sus familias, sus barcos y sus redes, y cruzaron la frontera. Una parte se estableció en Ayamonte. Otra, la más numerosa, se sumó a la todavía joven Higuerita, al otro lado del estero, reforzando exactamente el mismo asentamiento que dos décadas antes había nacido de otra huida, la de los supervivientes del maremoto de 1755. Vila Real nació del poder autoritario de un ministro. Isla Cristina, escriben hoy los historiadores que han estudiado el episodio, nació de la fuga casi furtiva de quienes no quisieron someterse a ese poder. Dos años después de inaugurar su ciudad modelo, Pombal cayó en desgracia tras la muerte del rey José I, y Vila Real entró en un largo letargo económico del que no saldría hasta bien entrado el siglo XX. La Higuerita, mientras tanto, seguía creciendo con la gente que Pombal había querido controlar y que había preferido, sencillamente, irse.
De la sardina salada a la sardina en lata
Dando un salto de más de un siglo, llegamos al episodio que convirtió a Isla Cristina en una de las ciudades más ricas de la provincia de Huelva: la revolución de la conserva.
“Vila Real nació del poder autoritario de un ministro. Isla Cristina, escriben hoy los historiadores que han estudiado el episodio, nació de la fuga casi furtiva de quienes no quisieron someterse a ese poder.” Sobre el éxodo desde Vila Real de Santo António, 1776Dos fundaciones espejo, a un lado y otro del Guadiana: una por decreto, la otra por deserción.
Hasta finales del XIX, el pescado de esta costa se comercializaba salado, tal y como se había hecho desde época romana. El cambio de técnica llegó desde Italia y desde Cádiz —donde en 1879 se había abierto la primera fábrica española de conservas de pescado— y se extendió con rapidez por toda la costa onubense. En Isla Cristina, el empresario local Juan Martín Cabet introdujo en 1888 el arte de cerco tarrafa, una red de mayor tamaño con jareta de algodón importada de Estados Unidos, y en 1907 armó la primera tarrafa a vapor de la localidad, sustituyendo definitivamente a las viejas jábegas que se venían usando desde el siglo XVIII. El mismo Cabet instaló la primera fábrica de conservas en aceite del municipio. En 1892 se construyó la primera gran fábrica de sardinas en aceite propiamente dicha, y con ella arrancó lo que la propia ciudad conoce hoy como la Época del Oro Azul: 1888 a 1928, cuatro décadas de crecimiento casi ininterrumpido.
La transición del salazón a la conserva en aceite de oliva tuvo, además, un protagonista extranjero: el industrial genovés Angelo Parodi, que trajo a Isla Cristina una técnica que hasta entonces solo se aplicaba en el Algarve portugués. El cambio no fue menor. La conserva en aceite se conservaba mejor, viajaba más lejos y se vendía más cara que el pescado en salmuera. Isla Cristina, en pocos años, pasó de exportar sardina salada a exportar sardina en lata a media Europa, sobre todo a Italia.
Las cifras de aquellos años, para un pueblo de pescadores, resultan difíciles de creer hoy: se llegaron a desembarcar 43.000 kilos de pescado al día en la lonja isleña, y se explotaron casi 16.000 toneladas de pescado en un solo año antes de que el sistema empezara a resentirse. La flota crecía, las fábricas se multiplicaban —La Primera, Ribera, Sobrinos de Tomás López, Casa Zamorano—, y la burguesía conservera construía casas señoriales con elementos modernistas que todavía hoy se pueden recorrer en el Paseo de las Flores: la Casa de Gildita, la casa de Román Pérez, la del Casino La Unión. El 29 de octubre de 1924, con la población ya por encima de los diez mil habitantes, el rey Alfonso XIII concedió a Isla Cristina el título de Ciudad.
El auge no duró para siempre. A finales de la década de 1920, los caladeros de sardina empezaron a dar señales de sobreexplotación: la especie que había sostenido cuarenta años de bonanza se hizo cada vez más escasa, los barcos empezaron a quedarse en el muelle, y varias fábricas cerraron. En 1936, cuando el estallido de la Guerra Civil llegó también a Isla Cristina —la localidad vivió combates desde el mismo pronunciamiento militar del 18 de julio hasta el 29 de ese mes—, cualquier intento de recuperación quedó definitivamente truncado. La Época del Oro Azul se cerró casi con la misma brusquedad con la que se había abierto.
“Se llegaron a desembarcar 43.000 kilos de pescado al día en la lonja isleña.” Sobre la Época del Oro Azul, 1888–1928Casi 16.000 toneladas de pescado en un solo año, antes de que la sobreexplotación empezara a notarse.
De aquellos años queda, sin embargo, algo más que fachadas modernistas. Queda una industria conservera —hoy encabezada por empresas como USISA— que sigue viva, que sigue dando trabajo en la misma ciudad que un ministro portugués, sin proponérselo, ayudó a poblar quemando las casas de unos pescadores que no querían mudarse a donde él les ordenaba.