08 Entrega 8 de 8 El presente que reclama

El notario que soñó con Andalucía

Un notario sevillano de treinta y siete años llega a dar una conferencia y se queda nueve años. Lejos de la primera línea política, Blas Infante escribe en Isla Cristina buena parte de la obra que hoy se estudia en los institutos andaluces.

4 min de lectura 1922 – 1930 Xavier Pardell Peña

En el verano de 1922, el entonces alcalde de Isla Cristina, Ramón Pérez Romeu —descendiente, por cierto, de uno de los apellidos catalanes que habían fundado La Higuerita dos siglos antes—, invitó a un notario sevillano a dar una conferencia en el teatro de la ciudad. El notario se llamaba Blas Infante. Tenía treinta y siete años, ejercía en Cantillana, y llevaba ya una década escribiendo sobre lo que él llamaba la "identidad andaluza". Quedó tan impresionado por lo que vio —una ciudad industrial, pesquera, en plena Época del Oro Azul, tan distinta de la Andalucía agraria que conocía— que decidió permutar su notaría por la de la entonces Real Isla de la Higuerita. Se instaló primero solo; un año después, en 1923, se le unieron su esposa, Angustias García Parias, y sus hijas.

Vivió en Isla Cristina hasta 1930, casi nueve años. Fue, según coinciden los historiadores que han estudiado este periodo, una de las etapas más fecundas de toda su vida intelectual, y probablemente la menos conocida fuera de la provincia de Huelva.

Los años de la ciudad, no de la política

Es fácil imaginar a Blas Infante únicamente como el político que en 1919 había presidido la Asamblea Regionalista de Ronda y que la posteridad acabaría llamando "padre de la Patria Andaluza". Pero los años en Isla Cristina fueron, en buena medida, un paréntesis respecto a esa faceta pública. Infante se alejó de la política activa y se volcó en la vida cultural de la ciudad que lo había acogido: colaboró con el Casino de la Unión —conocido popularmente como "el de los pobres", por contraposición al casino de la burguesía conservera—, escribió en La Higuerita, el periódico decano de la prensa onubense que sigue publicándose hoy, y en 1926 participó como uno de los fundadores del Ateneo local, inspirado en el sevillano, entre el paseo de las Palmeras y el paseo de los Reyes.

El Ateneo de las cajas de sardinas
Fig. 01. Infante escucha atentamente a los marineros y obreros conserveros sentados sobre cajas de madera de sardinas. Ilustra cómo el "padre de la patria andaluza" nutrió su pensamiento político a través de la realidad social y laboral de la costa.

Fue también, en estos años isleños, cuando escribió buena parte de la obra que hoy se estudia en los institutos andaluces: "Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo", "Fundamentos de Andalucía", "Renovación del sentido de la cultura", "El Libro Nuevo", "Cartas a Erina". Desde Isla Cristina hizo, además, el viaje a Marruecos —partiendo de Silves, en el Algarve, hacia Agmat— que según él mismo relató le hizo comprender el sentido profundo del cante flamenco y su raíz compartida con la cultura andalusí. La proximidad de Isla Cristina con Portugal y con el norte de África, la misma proximidad que había traído hasta aquí a mercaderes fenicios, pescadores portugueses y comerciantes genoveses, resultó determinante también para el pensamiento de Infante.

“…según coinciden los historiadores que han estudiado este periodo, una de las etapas más fecundas de toda su vida intelectual, y probablemente la menos conocida fuera de la provincia de Huelva.” Sobre la estancia de Blas Infante en Isla Cristina, 1922–1930
Nueve años lejos de la primera línea política fueron, según los historiadores, de los más fértiles de toda su obra.

Don Dimas y el final del tiro al pichón

Hay un episodio menor, casi anecdótico, que sin embargo conecta esta entrega con algo que ya contamos en el reportaje dedicado al palomar de la Huerta Noble. Durante su estancia en Isla Cristina, Infante recogió un cachorro de zorro huérfano al que un grupo de cazadores locales estaba a punto de dar caza. Lo llamó Don Dimas, lo crió y acabó dedicándole dos cuadernos manuscritos sobre su relación con el animal. El gesto no fue solo sentimental: Infante era, para su época, un convencido defensor del bienestar animal, y desde el Ateneo impulsó campañas en ese sentido que llegaron a tener efecto legal. En 1924, el alcalde de Isla Cristina promulgó una normativa municipal que prohibía el maltrato público de animales, incluidas las corridas de toros y el tiro al pichón.

El tiro al pichón, conviene recordarlo, era precisamente uno de los negocios que durante siglo y medio había sostenido económicamente el palomar de la Huerta Noble, a pocos kilómetros de allí, en La Redondela: las palomas que no se vendían para consumo se vendían para esa modalidad de caza deportiva. La ordenanza municipal de 1924 no llegó a tiempo de salvar al palomar —la colonia siguió reduciéndose hasta extinguirse por completo en 1977, como se contó en esa misma pieza—, pero sí retrata algo interesante sobre el momento cultural que vivía la comarca en los años veinte: mientras la vieja economía agraria y cinegética del XVIII seguía funcionando a pocos kilómetros de la costa, en la propia Isla Cristina un notario sevillano y un grupo de vecinos del Ateneo empezaban a cuestionar esas mismas prácticas en nombre de una sensibilidad completamente nueva.

Pendiente de archivo
Fig. 02. Portada o página manuscrita de alguna de las obras escritas en este periodo, como «Fundamentos de Andalucía» o «El Libro Nuevo»: papel envejecido, tinta, luz cálida de archivo.

Infante dejó Isla Cristina en 1930, un año antes de la proclamación de la Segunda República, para volver a la primera línea política que lo llevaría, apenas seis años después, a ser fusilado en Sevilla al inicio de la Guerra Civil. La casa donde vivió en Isla Cristina sigue en pie, y el Ayuntamiento ha impulsado en los últimos años iniciativas para ponerla en valor como parte de la llamada Ruta de Blas Infante.

Es, quizá, el episodio que mejor resume el carácter de toda esta franja de costa: un lugar pequeño, marcado durante tres mil años por fenicios, romanos, señores feudales, pescadores desplazados por decreto y terremotos que no avisan, que en algún momento de su historia también fue capaz de acoger, sin proponérselo, a uno de los pensadores más influyentes de la Andalucía contemporánea. La Redondela reclama todavía hoy la independencia municipal que perdió en 1887. Isla Cristina conserva, sin reclamarla demasiado, la memoria de haber sido, durante nueve años, la ciudad donde alguien empezó a imaginar lo que Andalucía podía llegar a ser.

“Un lugar pequeño... que en algún momento de su historia también fue capaz de acoger, sin proponérselo, a uno de los pensadores más influyentes de la Andalucía contemporánea.” Cierre de la serie
Nadie en Isla Cristina en 1922 podía saber que aquel notario sevillano acabaría siendo llamado «padre de la Patria Andaluza».